Cordillera Alímite comparte con ustedes en esta oportunidad el relato de una expedición radical, algo diferente a lo que desde nuestros primeros números hemos hecho. Olvidándonos un poco de los glaciares de nuestra Sierra emprendimos esta nueva aventura hacia el Oriente ecuatoriano a 200 km. de Quito.
Esta vez nuestro equipo coordinó la expedición junto a tres integrantes del Club de Andinismo de la Escuela Politécnica Nacional; Fausto Oviedo, Santiago Villagómez y Jaime Lozada. El volcán era un reto nuevo para todos quienes integramos el grupo; el viaje se vino gestando durante meses y al fin se le puso fecha para el 2 de marzo.
Día 1: el vínculo con la selva
Con cierta variación en el equipo preparamos nuestras maletas; al cargamento se agregó básicamente botas de caucho, impermeables y repelente de insectos. Ropa ligera, linternas, comida suficiente y casi todo lo de siempre quedó a punto. Un desayuno casero para ir con fuerza selló nuestra despedida.
Salimos a las 07h15 desde el sur de la ciudad, pasando por Cumbayá, Tumbaco y Papallacta llegamos hasta el Control policial de Guagrayacu donde nos encontramos con nuestros amigos politécnicos; en distintos vehículos atravesamos el sector de Baeza por una carretera óptima, cosa que cambió al momento de tomar la vía Loreto-Coca, que colmada de baches y piedras dificultaba a ratos el ingreso; algo interesante que encontramos en ese tramo fue un sistema peculiar de traslado de agua, un canal elaborado por los propios habitantes con maderos de caña sobrepuestos y sostenidos con palos.
Luego de conducir más de 50 Km. por la vía lastrada llegamos hasta la población Wawa Sumaco, antesala a Pacto Sumaco, poblado al que accedimos luego de otros 8 km. de recorrido; una vez aquí, una de las personas encargadas del Proyecto de Gran Sumaco, nos proporcionó un lugar para dejar los vehículos y nos puso en contacto con un guía. |
Héctor Puruncajas, morador de Pacto, muy atento se interesó en guiar nuestra travesía. Luego de acordar su paga, sin perder un segundo nos ayudó a transportar las provisiones y así emprendimos una primera caminata de casi 4 horas. En un inicio el sendero se presentaba con una singular adaptación de troncos, producto del trabajo comunitario; esta senda hacía que el recorrido sea más bondadoso y ligero pese a que había tramos en los que se debía sortear algunos lodazales; desafortunadamente el empalizado que ayudó a nuestro progreso se extendió únicamente por una hora, en adelante el sendero que nos esperaba era netamente natural, habilitado por la marcha del hombre.
Mientras que de a poco nos internábamos en la espesa selva, ecos salvajes nos envolvían con su gracia a la vez que diminutos mosquitos asechaban por sangre fresca. Conforme avanzábamos, nuestro camino resultaba en pendientes, declives, planicies regularmente prolongadas, curvas y más curvas; poniendo a prueba nuestra resistencia. A pasos, nuestro guía respondía prestamente a las preguntas que le planteábamos; cada sonido, árbol, fruto o especie eran fácilmente identificados.
Después de caminar cerca de tres horas, algo extenuados pasamos junto a una pequeña estructura que pensamos era el refugio, al ver que se trataba de un descanso no quedó sino seguir con mayor decisión hacia el primer objetivo. Era algo más de las 18h00 cuando arribamos hacia el refugio en el sector de El Mirador a 1 700 msnm. Una vez allí, tomamos un merecido respiro y descargamos el equipo; Jaime con gusto asumió voluntariamente el cargo de cocinero.
Al lugar también llegó un grupo de trabajadores desde Pava Yacu, ellos por varios días habían adelantando la construcción de un refugio en esa zona. Tras disfrutar de un reparador banquete montañero y un té caliente, cayó la noche y con ella la tonada de incontables grillos, sin más, nos metimos en nuestras bolsas de dormir pensando en lo que haríamos en nuestra siguiente jornada.
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