Después de abandonar la máquina de ruedas en el Parqueadero del Cadisán, no existe mejor ejercicio anti-estrés para salir de la cotidianidad de una gran urbe, como caminar en el Centro Histórico en la noche. Pronto, con las primeras siluetas nocturnas, calles estrechas, balcones, iglesias, plazas y seres mitológicos cobran vida ante los ojos que redescubren sus raíces por vez primera.
Estamos en la Plaza Grande o de la Independencia, el lugar central del antiguo Quitu de incas y pre-incas. El Palacio de Carondelet donde vive el Presidente, el Palacio Municipal que contrasta con su modernidad, el Palacio Arzobispal, representante de la Iglesia Católica y su poder y la Iglesia de La Catedral, conforman el perfecto rectángulo.
Caminamos al centro para encontrar la estatua en honor a los próceres del Primer Grito de la Independencia, la bandera tricolor flameante sobre Carondelet, hacen fluir el patriotismo bajo nuestras pieles. Después, nos dirigimos hacia La Catedral, famosa iglesia por su espléndida construcción iniciada en 1562, porque allí yacen los restos del Mariscal Antonio José de Sucre y por su gallito. Nos recuerda la leyenda que bajó desde lo alto de las cúpulas para amenazar a don Ramón, un quiteño amante de las mistelas, que insultaba al gallito cuando estaba pasado de copas.
La noche es virgen y segura, gracias al plan de seguridad y turismo generado por la Municipalidad desde hace algunos años. Con tantos lugares por conocer, no hay mejor forma que hacerlo al compás de los casquillos de una antigua carroza. En las afueras del Palacio Arzobispal, esperan los elegantes jinetes con sus hermosos corceles.