Con las primeras sombras nocturnas sobre la iglesia de Cayambe, salen vecinos, curiosos y demás visitantes para recibir con aplausos al primer competidor que se acerca por la avenida principal.
Es Edison Duque. Con un rostro exhausto pero feliz, llega con 45 libras que marca la pesa. El fuerte sol del día hizo que casi todos los bloques de hielo se reduzcan a la mitad.
Llegan otros, con pesos similares. Caen rendidos en brazos de la Cruz Roja. Sus rostros sudorosos, piernas molidas y espaldas dobladas, nos permiten imaginar lo extremo de esta carrera.
También hubo una sorpresa inesperada, un niño cruza la meta con 28 libras en su espalda. Es Edgar Andrango de 12 años que salió después de los hieleros: “Yo quise participar ese rato. Estuvo un poco fácil”.
Cerca de las 19:30, arriba uno de los favoritos, José Achina. El sudor cae desde sus cejas, pero sus ojos brillan. El enorme quintal cae sobre la balanza y marca 162 libras. Es el indiscutible ganador por llegar con el mayor peso dentro del tiempo establecido.
Achina participa 11 años en los hieleros y resultó dos veces ganador. Ayora, su pueblito lo vio crecer: “Dedico el triunfo a mi familia que me acompañó durante toda la ruta y a Sierra Nevada que me auspició. Tuve 3 meses de preparación. Hicimos un buen trato en el hielo, le preparamos para que no se diluya”.
El tiempo límite acabó pero aún faltan 8 competidores. Darwin Guzmán, otro favorito llega igualmente agotado pero con una banderola que flamea con lo último de sus fuerzas. El récord es roto por él mismo, 203 libras se marcan y los reclamos y peticiones comienzan… ¿quién será el ganador?
Trofeos, aplausos, víveres y un cheque con una mínima suma son la recompensa para los hombres más fuertes del planeta.
Los enormes bloques son olvidados en las veredas. El paso de los minutos hace que se pierdan en los dedos como agua. Quizá deberíamos completar la tradición y comer a nuestros ‘dioses’, preparando deliciosos helados de paila de sabores o un granizado.
S.O.S. por una tradición que no debe morir
Los hieleros son todavía una forma de vida para comunidades indígenas del país. En lugares como Tulcán (Chiles y Cumbal), se preparan los famosos ‘cumbalazos’ o refrescos de tamarindo o limón. Del Imbabura, Cotacachi y Cayambe salía el hielo para los famosos helados de Rosalía Suárez en Ibarra. En Chimborazo, a más de 5000 metros de altura, estos hombres explotan las minas de hielo para venderlo en los mercados de Riobamba y Guaranda.
“El problema nuestro es el apoyo económico. Necesitamos conseguir auspiciantes fuertes que puedan poner entre 1000 y 6000 dólares como lo hacen en otras competencias. Con pocos recursos hemos cubierto todo lo que se puede menos los premios”.
La tradicional competencia de los hieleros está en peligro por la falta de apoyo de las autoridades locales y la empresa privada que no posa su interés en esta carrera: “Los medios de comunicación son la constancia de que la competencia es interesante para invertir. Fuimos a ver la ruta y en carro toma una hora. Hay tierra, piedras, lastre, nieve, y ellos llevan casi dos quintales con frío en la espalda por más de 6 horas. Si la carrera fuera en otro país, el premio sería por lo menos un carro nos dijeron estos tenaces hombres de hielo”.
A pesar de este negro futuro, Luis tiene pensado para el próximo año combinar los hieleros con una ascensión masiva, un encuentro internacional de alta montaña: “Queremos invitar a toda la gente que pueda venir para la ascensión y a los hieleros. Se llamará ‘Alcanzando el pupo del mundo’, pues el Cayambe es la única elevación del mundo que está en la línea equinoccial”.