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Minutos más tarde, decenas de corredores y cuatro mujeres desafían al Cayambe vestidos con pantaloneta y camiseta. Todos llevan hielo. Tanto bicicletas como corredores deben llegar con al menos 8 libras para estar en la competencia.
Pero los hieleros necesitarán de al menos 7 horas para alcanzar la meta. Un máximo de 8 horas es permitido para cumplir el objetivo de recorrer 28 kilómetros.
Desde los glaciares, aparecen enormes bultos listos para ser pesados con ayuda de dos astas, una cuerda y dos ‘romanillas’ que marcan un máximo de 230 libras. Poco a poco las cifras comienzan a subir e impactar: 120, 170, 180, 206, 210 y 230 libras.
Cruz Roja, ambulancias y Policía están distribuidas por toda la ruta para brindar seguridad a un total de 120 participantes.
Los hieleros empiezan a cargar. Giovanny Velásquez, 25 años, que iniciará el descenso con 206 libras dice: “Yo quiero participar por la tradición y por mi tío que participa desde años anteriores para continuar la tradición de la familia”. Su tío es José Velásquez de 54 años, competidor desde 1983 en esta carrera. Hoy lleva 230 libras: “Participo porque me gusta, me hace sentir bien, no me importa el premio. Voy a seguir haciéndolo hasta que no pueda más”.
Lamentablemente, la fuerza y coraje de los participantes en las diferentes modalidades no es suficiente. Motivar la inversión del Municipio, la empresa turística y privada que tienen la obligación de promover sus atractivos parece imposible.
El honor, gusto y amor por su nevado, son el único aliciente de estos guerreros nevados que arriesgan su salud por evitar que una tradición milenaria muera.
“Este año íbamos a poner un letrero grandote para informar que por falta de auspicios no íbamos a realizar la competencia. Pero la gente vino, reclamó, dijo que no importan los premios. Es un compromiso con la gente”, confirma Luis Chávez.
El medio día recibió a los ganadores de downhill y media maratón, pero había que esperar aún varias horas para ver a los hombres de hielo.
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