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La reserva ecológica Antisana comprende una superficie de 120.000 hectáreas y el ingreso a la zona se lo hace por la hacienda Antisana, la misma que al ser propiedad privada, hace necesario que todo turista solicite autorización dos semanas previas a la visita, el señor José Delgado propietario de la hacienda es la persona encargada de otorgar el permiso a los turistas que deciden visitar esta extraordinaria región (02-2435 828).
Llegamos a la entrada de la hacienda, allí un primer control de guardianía perteneciente a la EMAAP se encarga de verificar en su registro el nombre de los visitantes, una vez comprobada la aprobación que previamente José Delgado había otorgado al equipo Cordillera, nos entregan un ticket e ingresamos. A un par de kilómetros hay otro control que recibe el ticket y echa un vistazo al vehículo, es un procedimiento importante debido a que toda la región es área de protección ecológica.
A partir de ese punto nos vimos inmersos en un extenso pasto pintado del verde más puro cuya belleza se mezclaba entre montañas, lagunas y riachuelos, su delicadeza eterna se perdía en el horizonte. Comprendimos la importancia de lo estricto del ingreso cuando a nuestro paso observamos la gran cantidad de animales que felices gozaban la belleza de un hábitat sin el peligro que representa la cacería para su supervivencia.
La subida en nuestro 4x4 casi no nos dió problemas, hubo momentos en que debíamos bajarnos para alivianar el ascenso. Sin duda parecíamos tener más energía que nuestro transporte. Entre tanta subida y sacudida llegamos hasta el límite para los vehículos y el inicio de la ascensión del hombre.
Asistimos oportunamente al atardecer en la montaña, estábamos tan contentos con semejante espectáculo que el silencio entre nosotros se hizo presente. Vimos cómo el glaciar cambiaba de colores y las nubes jugaban a las escondidas; clases de geografía improvisadas por los más experimentados del equipo me ubicaban a mí, el único principiante, la posición de cada elevación que aparecía en el fondo del cuadro.
Como queriendo saber qué estaba perturbando su tranquilidad, varios conejos se nos cruzaban por el camino escondiéndose presurosos cada vez que nos acercábamos. Aprovechamos cada momento para tomar unas buenas fotos, (luego nadie nos iba a creer lo que veíamos).
La noche cayó repentinamente y antes de que se nos hiciera tarde empezamos a descargar las cosas, buscar el sitio propicio para instalarnos y poner en pie nuestras carpas. Una sopita caliente y un poco de arroz fueron imprescindibles para irnos a dormir tranquilamente; un silencio nocturno como ninguno envuelto de miles de estrellas imposibles de divisar en la ciudad nos dio las buenas noches.
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