Geison recuerda la emoción que sintió cuando su padre le donó algunos de sus implementos de escalada; se sintió motivado y digno al portar un equipo que había conquistado muchas cumbres. La tarea continúa y esas botas no han parado de dibujar huellas en la nieve.
La lealtad y el apoyo siempre estaban presentes, cuando había que extender una mano se lo hacía a ojos cerrados. Si de todas sus expediciones han aprendido algo, es que nunca se deja atrás a nadie… si alguien no avanzaba en el camino hacia la cumbre, todos regresaban; la razón simplemente era que todos juntos, como los dedos de una mano, debían llegar a la cúspide… de otra manera no. Eso para ellos reflejaba el verdadero sentido de la amistad.
Tantas experiencias vividas brotaban como burbujas, igual de divertidas y entretenidas. Momentos difíciles que lograron ser superados, malas rachas, tiempos desfavorables que al fin de cuentas han servido para darle temple al carácter y también para aprender a sobrellevar los malos tragos que nunca faltan en la vida cotidiana,
Marco nos compartía a tiempo una anécdota vivida en el Carihuairazo, en donde, desde el inicio de la caminata se enfrentaron a un clima bastante duro, con dificultades pudieron montar un campamento, pero el viento no cesaba de arremeter con furia. Continúa explicando que una vez allí, no tenían para donde escapar, el agua producto de la lluvia se filtraba en las tiendas, estaban muy asustados. Llegado el momento más oportuno tuvieron que abandonar la expedición sin haber logrado la cumbre. Superado el pánico, alguien comentaba entre el grupo: ¿A dónde vamos la próxima semana?. Esta pregunta no pudo ser respondida más que con carcajadas.
Concluye diciendo que, vivencias como esta, le han servido siempre para explicar cuan importante es saber cuando la montaña dice que no; una persona no puede contradecirla, a ella se la debe abordar con respeto. Después de todo, algún día estará esperando allí, en mejores condiciones.